domingo, 21 de junio de 2009

Masángeles, de Beatriz Flores Silva


Masángeles es la tercera película dirigida por la uruguaya Beatriz Flores Silva (que dirigió también Les Sept péchés capitaux, 1992 y En la puta vida, 2001).
Masángeles podría ser la historia de una niña que se ve obligada a crecer como convidada de piedra en una familia adoptiva. Podría ser, también, la historia de un incesto. O también una revisión de la historia política del Uruguay de los ´70, debatiéndose entre Tupamaros y golpes de Estado. Masángeles es todas esas cosas a la vez, y no es ninguna. La ambición por cubrir tantos temas a la vez lleva al film a perder su línea narrativa a lo largo de sus (interminables) 122 minutos.
Masángeles, la niña que da el nombre a la película, es la hija ilegítima de un poderoso diputado uruguayo. El suicidio de la madre de Masángeles obliga al diputado Aurelio Saavedra a llevar a la niña, de sólo siete años de edad, a vivir a su casa, compartiendo así el techo con su familia “legítima”. Masángeles crecerá entre sus medio-hermanos, sus medio-primos, y una madrastra que nunca terminará de aceptarla. Es ahí cuando la línea narrativa de la película parece abrirse en dos.
La directora no desarrolla en profundidad la historia de Masángeles, que tiene que crecer como una suerte de ciudadana de segunda clase, durmiendo en el altillo de la mansión de una familia acomodada que parece aceptarla e ignorarla al mismo tiempo. La familia Saavedra es una de las más ricas e influyentes en la vida política uruguaya. Hay juegos de poder, luchas por llegar a ocupar cargos públicos, disputas que, más de una vez, llevan al diputado Aurelio Saavedra a batirse a duelo (una práctica que fue usual y legal en Uruguay durante los años ‘70) contra sus circunstanciales opositores.
Entonces ya tenemos dos películas: Masángeles creciendo en el seno de una familia postiza, por un lado, y las luchas por el poder político, por el otro. Pero la directora no se queda ahí, sino que avanza en su delta narrativo. Quiere más, quiere decir más, quiere compendiar toda la historia uruguaya de los años ´70 en una sola película. Es en ese momento cuando aparece la tercera película, dentro de la misma película que creíamos estar viendo.
Hacen su entrada los Tupamaros. Entran violentamente en la mansión de los Saavedra cuando la familia está cenando. Es, tal vez, la escena menos convincente de todo el film. Los guerrilleros, armados con ametralladoras, arrojan volantes del Partido Comunista, pintan las paredes del comedor con aerosol, y uno de los niños, el medio hermano de Masángeles, les dice que los admira. La escena está tan mal lograda que el film parece desembocar en una comedia.
La película, una vez más, vira hacia otra película: Masángeles crece, y se enamora de su medio hermano. Ambos son ahora adolescentes. El amor los lleva a una relación incestuosa. Masángeles quedará embarazada de su medio hermano. Esa es la cuarta película narrada al interior de Masángeles. Pero hay más. Porque el amante medio hermano de Masángeles entra a formar parte de la organización Tupamaros, que a todo esto siguen con su lucha armada. Se descubre entonces que la mansión de los Saavedra tiene un túnel subterráneo que conduce a la iglesia vecina, que está a cargo de un sacerdote tercermundista, también involucrado con los guerrilleros.
La película se convierte así en una sumatoria de historias narradas a medias que intenta mostrar, sin éxito, la lucha armada guerrillera (hay tiros, hay escenas con tanques de guerra avanzando por las calles, hay tableteos de ametralladora que retumban en la noche), los discursos de la teología de la liberación, la corrupción de la clase acomodada uruguaya, el amor y el incesto, un niño rico que hace proclamas de izquierda ante un padre burgués, etc., etc. Es demasiado para una sola película. La narración se pierde, se ramifica, y cada una de las historias contadas da la impresión de carecer de intensidad. Cada una de las cinco historias narradas en la película podría haber sido, en sí misma, una película aparte. Esto es especialmente notorio en el caso de la relación incestuosa. Masángeles y su medio hermano se aman en la habitación que conduce al túnel secreto, que conduce al escondite de los guerrilleros, que a su vez conduce a la Iglesia donde el párroco lanza sus proclamas de teología liberada. Las caricias son interrumpidas por llamados telefónicos en clave, por guerrilleros llevando y trayendo armas, por fugas a medianoche. A todo esto, hay un tío de Masángeles, hermano del diputado Saavedra, que abandona a su familia para irse con el mayordomo de la mansión, que es nazi y homosexual.
En un final que no resuelve nada, sino que agrega más indefinición y confusión, Masángeles, con su niño recién nacido en brazos, se sube a un avión con destino a París. Un final desconectado de todo para una película inconsistente y diseminada en cinco o seis historias superpuestas y mal narradas.


Maximiliano Sánchez

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