jueves, 2 de julio de 2009

Masángeles.

Tras el trágico suicidio de su madre, Masángeles, una niña de sólo diez años, viene a darse cuenta de que está completamente sola en la vida. Si bien su padre, el senador Aurelio Saavedra, decide llevarla a vivir a su casa junto con su legítima esposa y su medio hermano, Masángeles no logra acomodarse dentro de lo que Freud llamaría el Familienroman. Un padre autoritario que impone a su familia la convivencia con una hija ilegítima, el horror que eso causa en la esposa y la madre del senador, el aislamiento en el que crece Masángeles y el trasfondo político uruguayo completan los elementos para que se desarrolle la larguísima coproducción, Masángeles (2008) de la directora Beatriz Flores Silva (también directora de En la puta vida).

La familia del senador Saavedra articula una relación de dependencia de su propio espacio privado con el espacio público que corresponde a la historia nacional uruguaya. Sin seguir estrictos lineamientos históricos, la directora presenta que los años que corresponden a la infancia de Masángeles coinciden con la estabilidad de la nación. Se habla de un país con una gran herencia histórica y potencial para ser aún más grande en el que el senador Saavedra sueña ser la cabeza como su presidente. La alegoría de la nación se completa con la re-presentación del espléndido caserón en el que habita la familia en excelentes condiciones edilicias. La película continúa recorriendo la vida de Masángeles hasta que se convierte en una joven del liceo y que históricamente corresponde a los turbulentos años en los que operó el grupo Túpac Amaru y se produjo el golpe militar de 1973. La familia en su conjunto o bien sus miembros individualmente participan de forma directa e indirecta en la narración de la nación.

Como ya ha propuesto la literatura latinoamericana reiteradamente en el siglo XX (sólo para nombrar los ejemplos más clásicos, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, La casa de los espíritus de Isabel Allende, el cuento "Casa tomada" de Julio Cortázar) la histórica relación entre familia y nación es entrañable e imposible de deslindar[1]. Lo que cabe preguntarse es cuál fue la intención de la directora con su película. Al poner a Masángeles como el personaje femenino principal se sugiere que, como lo hace Isabel Allende, sea la voz femenina la que participe y articule la “nación imaginada”. Recordemos que el linaje femenino en La casa de los espíritus (Nívea, Clara, Blanca, Alba) se caracterizaba por su compromiso social, poder intuitivo, sensibilidad artística, y por su capacidad de expresarse por medio de la escritura. Sin embargo, a diferencia la escritora chilena, Flores Silva no construye a un personaje rico en matices o compromiso social sino más bien inocente y alienado del entorno[2]. De este modo, Masángeles queda desprovista de todo elemento por medio del cual se logre la reconciliación nacional. Particularmente porque la absurda secuencia final muestra el momento en que la protagonista después de haber dado a luz un niño concebido con su medio hermano[3] y haber visto la violencia que desató el golpe militar en las calles de Montevideo aborda un avión hacia Francia. De esta forma, la secuencia de reconciliación con su abuela materna y la última de la película quedan unidas temáticamente ya que es su propia abuela quien le indica que escape del país porque ya no quedaba nada por construir allí. El conservadurismo implícito en el final de la película al sugerir que el destino humano ya está determinado por un plan anterior que necesariamente debe llevarse a cabo termina por eliminar cualquier atisbo de imaginación que le de al personaje de Masángeles una voz femenina de reconcialiación o despegue a la película de visiones literarias anteriores sobre la relación familia-nación.

El palimpsesto que propone la película de Flores Silva queda completo con la re-presentación del caserón familiar en vías de destrucción. La esposa de Saavedra que representa la clase burguesa queda retratada como una mujer superflua más preocupada por la moda europea que de su familia o la realidad nacional. Es el único personaje que intenta mantener el status quo de su familia remodelando y “mejorando” el caserón familiar que, al igual que la nación, entran en franca decadencia. El resto de los personajes femeninos no quedan bien parados tampoco. Mal construido, el personaje de la hermana del Senador termina por enloquecer al enterarse de que su marido homosexual decide escapar con el mayordomo. La codiciosa madre del Senador, que no muestra el menor rasgo de piedad por Masángeles, solamente al final de sus días logra aceptarla y le confiesa, en una secuencia que no agrega nada a la trama, a la joven que su hijo era producto de una relación extra-matrimonial.

La caída del caserón familiar, de la familia Saavedra y de la nación termina creando una película decadente en la que no queda un atisbo de esperanza porque los personajes mueren o escapan. Todo resulta excesivamente tradicional, conservador y lacrimógeno a la mirada del espectador ya expuesto a narraciones sobre familia-nación y que no necesita que se le sobre-expliquen las alegorías.


[1] Esta relación familia-nación en América Latina no nace en el siglo XX sino que se remonta a los movimientos independentistas latinoamericanos que luego de haber logrado la liberación crearon a través de sus letrados modelos de organización y convivencia por medio de las novelas románticas decimonónicas. Entre los ejemplos del siglo XIX de la relación entre familia-nación se puede mencionar Soledad y Amalia de los argentinos Bartolomé Mitre y José Mármol respectivamente, María del colombiano Jorge Isaacs y más tardíamente Aves sin nido de Clorinda Mattos de Turner.

[2] Los personajes femeninos y masculinos protagonistas de la recomendable película El paisito de Ana Diez son más complejos, construidos con matices y contradicciones personales. Dentro de una temática similar a la película de Beatriz Flores Silva, los protagonistas de El paisito se reencuentran para revivir una relación amorosa e intentar re-construir y comprender en retrospectiva los complicados años del proceso militar uruguayo y su experiencia personal.

[3] Otro tropo de la literatura decimonónica. Entre los ejemplos clásicos de hermanos que conciben encontramos la novela cubana Cecilia Valdez de Cirilo Villaverde, o de hermanos que se enamoran, la ya mencionada novela peruana Aves sin nido y la ecuatoriana Cumandá de Juan León Mera.




Andrea Castelluccio

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