sábado, 4 de julio de 2009

Foucault: Una arqueología del porvenir

La máquina de inventar futuros: Foucault y la Arqueología del porvenir.

La Arqueología del Saber (1969) es el libro metodológico que escribe Foucault, libro que viene a cerrar la primera época de su pensamiento. Aquí Foucault lleva a cabo una suerte de replanteo acerca de sus tres principales obras anteriores (Historia de la locura en la época clásica (1961), El nacimiento de la clínica (1963) y Las palabras y las cosas (1966)).
Todos los problemas analizados por Foucault en las obras que precedieron a la Arqueología tratan, concretamente, sobre un tema: la representación. Foucault distingue dos épocas, claramente diferenciadas por su manera de representar, por su forma de entender la representación: ¿qué relación existe entre las palabras y las cosas?, ¿qué forma tiene la distancia que se abre entre lo que una palabra es en sí, y ese espacio del mundo que señala a la vez que oculta (la cosa)?
Esas dos épocas son la época clásica, y la época moderna. En la Arqueología del saber se reconsidera el conjunto de la problemática precedente sobre la representación. Llegado este punto, Foucault dirá que la materia originaria de que se compone la arqueología es el enunciado.
Las ciencias que surgen en la época clásica (gramática general, historia natural, análisis de las riquezas) tienen a su interior unidades, unidades que se dan a partir de un conjunto de signos. La existencia propia de este conjunto de signos es el enunciado. Esta modalidad le permite a la frase estar en relación con un dominio de objetos y prescribir una posición de sujeto. A partir de la idea de enunciado, Foucault definirá lo que es una formación discursiva como un principio de repartición y de dispersión de los enunciados. Es así como se pudo hablar de un discurso de la anatomopatología, de la gramática general, de la historia natural, etc.
En el juego que surge entre las frases, se puede decir que siempre una frase niega otras, impugna otras, lucha contra otras, origina nuevas frases. Por eso la interpretación como actitud exegética pasará toda la eternidad buscando lo no dicho en lo dicho, lo oculto del lenguaje en lo manifiesto del lenguaje. Pero en el campo de los enunciados todo es real, y nada es virtual. Deleuze explicará el enunciado en Foucault como una emisión de singularidades, una dispersión de puntos singulares que se distribuyen en un espacio correspondiente.
Este espacio que corresponde al enunciado (y que es supuesto por éste) tiene tres componentes. Primer componente: el espacio colateral. Está formado por otros enunciados que forman parte del mismo grupo. Lo que forma un grupo de enunciados es un conjunto de reglas de transformación que configura un eje de dispersión. Una ciencia como la medicina del siglo XIX tan pronto pasa de la descripción a la observación, del cálculo a la prescripción, etc., trazando así una línea heterogénea.
El segundo componente es el espacio correlativo, formado por la relación del enunciado con sus objetos, sus sujetos y sus conceptos. Mientras que la frase remite al Yo como persona lingüística, el enunciado puede tener varias posiciones, varios emplazamientos de sujeto, que nunca remiten a un Yo primordial. Por otra parte, hay que decir que mientras la frase remite a un estado de cosas (que jugaría el rol de variable extrínseca respecto de la frase), el enunciado crea su objeto desde sí mismo. El discurso psiquiátrico (aquel que Foucault estudiara en la Historia de la Locura, su primer libro) se caracterizaba justamente por el hecho de que “formaba” sus objetos. El objeto no estaba ahí, desde la eternidad, esperando ser descubierto por la luz del saber. El objeto es inventado por ese saber que cree estar develando lo que inventa, desocultando lo que crea, observando lo que irradia. De esta forma, los enunciados son como sueños, y cada uno se rodea de su propio mundo. Núcleo irradiante de espacios, el enunciado es también un núcleo irradiante de objetos, inventando sus propias periferias a niveles heterogéneos.
La tercera componente del espacio enunciativo se denomina “espacio complementario”, o de las formaciones no–discursivas. Por “formaciones no­–discursivas” se está queriendo decir: instituciones, acontecimientos políticos, prácticas económicas, etc.
Toda institución supone un conjunto de enunciados (un hospital supone un conjunto de enunciados de la ciencia médica). Recíprocamente, los enunciados remiten a las instituciones que guían y que regulan. Es en este curioso interjuego, en este límite entre las palabras y las cosas donde se forman tanto los enunciados como los objetos, tanto los conceptos como los emplazamientos de sujeto.
Este tercer subespacio es la componente primordial. En los dos primeros subespacios se veía cómo el enunciado sólo irradiaba en su pura inmanencia. Pero el espacio complementario es el cable que el aparato enunciativo tiende hacia el Afuera; ahora hay trascendencias que vienen a inmanentizarse. El enunciado irradia, pero irradia lo que filtra; el enunciado es un pliegue que filtra el Afuera, subjetiviza la exterioridad pura, la desolación blanca del territorio de las cosas sin saber (o sin palabras).
Foucault propone que se llame “archivo” a este volumen complejo en el que se despliegan las prácticas y los enunciados. El archivo es el sistema de la discursividad en el cual tiene lugar el interjuego entre las palabras y las cosas. Es el horizonte de las regularidades específicas en que aparecen las cosas que van a ser dichas; es el espacio en que aparecen las cosas como recién nacidas, recién llegadas del Afuera.
El corte que realiza el archivo nos separa de lo que ya no podemos decir y de lo que ya no podemos ver. Es una puerta que se cierra y que parece impedirnos pensar hacia delante. Pero el Afuera persiste, más allá de los límites de nuestro archivo. Los enunciados irradian lo que filtran, y filtran el Afuera; y este Afuera no es otra cosa que la posibilidad de introducir lo otro en el interior del archivo, de provocarle, como dirían Deleuze y Guattari, una caosmosis, trayendo materia oscura y nueva hacia las luminosidades del saber.
El archivo es la máquina del pasado, pero también puede ser una máquina para inventar futuros. Muestra el juego de lo mismo, pero también deja la oportunidad de pensar lo otro, de rasgar el paraguas del conocimiento para dejar entrar un poco de caos ártico, un poco de blanca desolación para el saber encerrado en su propia cárcel luminosa.
Habla Foucault, en la única cita de esta nota: “Yo diría que mi máquina es buena no porque transcriba o suministre un modelo de lo que pasó, sino porque el modelo que efectivamente da es tal que permite que nos liberemos del pasado.” (Foucault, La Verdad y las Formas Jurídicas, Ed. Gedisa, 1980, pág. 172.).
Decía Deleuze que la Arqueología era el poema que había escrito Foucault acerca de sus obras precedentes, y que aquí había alcanzado ese punto (tan difícil de alcanzar) en que la filosofía es necesariamente poesía. Boulez decía que Webern había creado, a partir de su universo rarificado, una nueva dimensión, que se podía llamar “dimensión diagonal”, algo así como una distribución de los puntos, de los bloques y de las figuras musicales ya no en el plano, sino realmente en el espacio. La máquina foucaulteana rarificada tiene un parecido con esto, pues mezcla espacios invisibles, irradia objetos, nos libera del pasado y nos ayuda a futurizar.

Maximiliano Sánchez

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