domingo, 21 de junio de 2009

Querida Chelsea



Rawalpindi, 10 de Enero de 2004.


Querida Chelsea:


Te escribo desde el búnker que debería ser nuestro nidito de amor, y que sin ti es un espacio oscuro, frío y desolado. Estoy cansado, Chelsea, muy cansado de sufrir por ti. En tu última carta me dices que soy un fanático religioso, un musulmán empedernido, un terrorista y un asesino. Tal vez todo eso sea cierto, pero te digo una cosa: por ti quemaría todos los ejemplares del Corán; por ti colgaría a Yasser Arafat de las bolas en medio de la Plaza de Jerusalem.

Yo sé que somos muy distintos. Tú eres americana, yo árabe; tú comes hamburguesas y masticas chicle todo el día, yo me conformo con un poco de pan negro con aceite de sésamo. Tú prefieres la marihuana; yo el hashish. Pero esas diferencias son las que me atan a ti, oh, diosa de las diosas, reina entre las reinas; oh, Chelsea. Toda mi vida a ti te la dedico. Ni todo el dinero que tengo, ni todas las empresas de mi familia significan nada para mí si no puedo beberme los néctares de tu piel pecosa y salvaje, tus tibias mieles y tus cálidas ambrosías alimentadas bajo el sol de Arkansas (¿o era Oklahoma?). Amada mía, siento que toda mi vida cae en un abismo sin fondo si no puedo besar tus ojos al comienzo de cada anochecer y al final de cada aurora.

Anoche no pude dormir de tanto llorar por ti. Puse un disco de Richard Clayderman, y las lágrimas me empaparon la barba y, como estaba de lado, me tuve que cambiar de turbante cuatro veces. Es que no puedo vivir sin ti, Chelsea. Y si tú insistes en escribirme sólo para decirme que soy “un barbudo de mierda”, como me llamas en tu carta, entonces creo que lo mejor sería abandonar este mundo en que me asfixio sin el perfume de tu piel. He pensado que tal vez debería dejar de planificar atentados y directamente raptar yo mismo el próximo avión, y morir quemado, estrellándome contra algún rascacielos mientras lloro la maldición de tu desamor. Eso, y que todos crean que me sacrifiqué por Alá, cuando en realidad me suicidé por una pequeña puta en calzón de seda como tú.

Me molesta que me digas que yo sólo quiero tener “notoriedad pública y poder político”, como escribes en tu hiriente misiva anterior, esa epístola agresiva que me enviaste, esa navaja brillante y traicionera que le propinó otra herida más a mi pobre y desgraciado corazón, que pronto fenecerá destrozado a causa de tu crueldad. ¿Cuántas veces tendré que decirte que todo lo que hice lo hice por ti? Toda mi vida creí tener ideales, pero desde que te vi por primera vez me importó un carajo Afghanistán, los rusos, el mundo árabe, Estados Unidos, el ascenso que me prometieron en la CIA y todo lo demás. ¿Es que no entiendes que he perdido el sentido de mi vida desde que te vi en aquella visita presidencial acompañando a tus padres Bill y Hillary, vistiendo ese jean negro elastizado que te apretaba las carnes del culo dejándotelo más redondo que la panza de una estatuilla de Buddha? ¿Y sigues creyendo que lo que quiero es notoriedad pública, oh, Chelsea? Ten piedad de mí, mujer. Ya no como ni duermo. Casi ni voy a las reuniones de Al-Qaeda porque me encierro a tocarme pensando en ti. Mi médico me dice que tanta masturbación me hará mal, además de ofender al Corán. Pero es que te necesito tanto... He tratado de atarme las manos, pero es más fuerte.

Otra cosa que me molestó mucho, amada Chelsea, es que en tu carta me dices que hubieras preferido que las torres gemelas cayeran de noche, para así poder ver “el fuego de las explosiones en contraste con las luces nocturnas de New York”. ¿Sabes el dinero que me costó organizar todo, mujer? ¿Tienes una idea de lo que cuesta convencer a 20 infelices de que van a conocer a Alá cara a cara, además pagarles la escuela de aviación, y todo lo demás? Eres una desagradecida, Chelsea. Yo te di lo mejor de mí, y tú lo sabes. Pero te diviertes criticándome, hiriendo lo poco que queda de mi orgullo.

Contéstame una cosa: ¿qué hiciste con el osito de peluche que te mandé? Lo tiraste, ¿verdad? Sí, seguramente lo tiraste a la basura. No te bastó con cagarme la vida; también necesitas reírte de mí y menospreciar mis obsequios. Más me valdría morir ahora mismo, con mi alma arrodillada ante tu nombre; con mi carne martirizada por tu ausencia. Con mi barba empapada de lágrimas y mocos. ¡¡Oh, mierda!! ¡Aunque sea miénteme, Chelsea! Ten piedad de un hombre moribundo de amor. Miénteme, y dime que me amas, dime que me necesitas.

Yo no quería ser el líder del mundo árabe, Chelsea: yo me cago en Alá y en Mahoma. Yo sólo quería que me amaras. Por ti puse las autobombas en las embajadas norteamericanas de Kenya y Nairobi. Por ti hice saltar esas torres gemelas a la mierda. Quería ser famoso pero sólo para que me vieras en todos los diarios y los noticieros, Chelsea. Sí; quería que al ver mi foto dijeras “pero caramba, qué tipo más apuesto”, y que te enamoraras de mí. Pero desgraciadamente la realidad del mundo nunca es la que imaginamos los enamorados.

Chelsea, ¿qué hago ahora con todas las ilusiones que tenía? ¿Qué hago con la mansión de seis pisos que mandé construir en Damasco para que viviéramos los dos? ¿Le pongo una bomba y mato a toda la servidumbre? ¿Me la meto en el culo? Ay, amor... ya no sé cómo pedirte que me aceptes en tu corazón. Yo te perdono todos los insultos que me propinas en tu carta. Si quieres me hago protestante, judío o buddhista, lo que tú quieras, con tal de tenerte a mi lado. Si es por tus padres no te preocupes, yo hablaría con ellos. ¡¡Dios mío, estoy desesperado, Chelsea!! ¡¡Dame alguna respuesta, amor!! Ya no soy el mismo de antes. Ya no sé disfrutar de las cosas pequeñas y hermosas de la vida. Por favor apiádate de mí.

Dime lo que quieres de mí y lo tendrás. Si quieres puedo tirar abajo la Torre Eiffel, o el Empire State. Oh, Chelsea, corazoncito mío, muñequita de porcelana, mordisquito de melocotón, duraznito amarillo en almíbar, caramelito relleno. ¿Quieres que haga volar el Empire State? Lo puedo hacer caer de noche, así te gusta más. ¿Quieres?

Para siempre y sin esperanza, te ama

Osama.
Nota: Este cuento lo escribí para un concurso de cartas de amor que organizaba un taller literario de España, cuyo nombre en este momento se me escapa. Fue en el año 2004. Perdí. Después lo leí en la Conferencia de Estudiantes Graduados organizada por la University of Cincinnati, en el año 2005. Mientras lo leía, algunas señoras se levantaron y se fueron. Releyéndolo ahora, no entiendo por qué tanto rechazo.
Maximiliano Sánchez

Masángeles, de Beatriz Flores Silva


Masángeles es la tercera película dirigida por la uruguaya Beatriz Flores Silva (que dirigió también Les Sept péchés capitaux, 1992 y En la puta vida, 2001).
Masángeles podría ser la historia de una niña que se ve obligada a crecer como convidada de piedra en una familia adoptiva. Podría ser, también, la historia de un incesto. O también una revisión de la historia política del Uruguay de los ´70, debatiéndose entre Tupamaros y golpes de Estado. Masángeles es todas esas cosas a la vez, y no es ninguna. La ambición por cubrir tantos temas a la vez lleva al film a perder su línea narrativa a lo largo de sus (interminables) 122 minutos.
Masángeles, la niña que da el nombre a la película, es la hija ilegítima de un poderoso diputado uruguayo. El suicidio de la madre de Masángeles obliga al diputado Aurelio Saavedra a llevar a la niña, de sólo siete años de edad, a vivir a su casa, compartiendo así el techo con su familia “legítima”. Masángeles crecerá entre sus medio-hermanos, sus medio-primos, y una madrastra que nunca terminará de aceptarla. Es ahí cuando la línea narrativa de la película parece abrirse en dos.
La directora no desarrolla en profundidad la historia de Masángeles, que tiene que crecer como una suerte de ciudadana de segunda clase, durmiendo en el altillo de la mansión de una familia acomodada que parece aceptarla e ignorarla al mismo tiempo. La familia Saavedra es una de las más ricas e influyentes en la vida política uruguaya. Hay juegos de poder, luchas por llegar a ocupar cargos públicos, disputas que, más de una vez, llevan al diputado Aurelio Saavedra a batirse a duelo (una práctica que fue usual y legal en Uruguay durante los años ‘70) contra sus circunstanciales opositores.
Entonces ya tenemos dos películas: Masángeles creciendo en el seno de una familia postiza, por un lado, y las luchas por el poder político, por el otro. Pero la directora no se queda ahí, sino que avanza en su delta narrativo. Quiere más, quiere decir más, quiere compendiar toda la historia uruguaya de los años ´70 en una sola película. Es en ese momento cuando aparece la tercera película, dentro de la misma película que creíamos estar viendo.
Hacen su entrada los Tupamaros. Entran violentamente en la mansión de los Saavedra cuando la familia está cenando. Es, tal vez, la escena menos convincente de todo el film. Los guerrilleros, armados con ametralladoras, arrojan volantes del Partido Comunista, pintan las paredes del comedor con aerosol, y uno de los niños, el medio hermano de Masángeles, les dice que los admira. La escena está tan mal lograda que el film parece desembocar en una comedia.
La película, una vez más, vira hacia otra película: Masángeles crece, y se enamora de su medio hermano. Ambos son ahora adolescentes. El amor los lleva a una relación incestuosa. Masángeles quedará embarazada de su medio hermano. Esa es la cuarta película narrada al interior de Masángeles. Pero hay más. Porque el amante medio hermano de Masángeles entra a formar parte de la organización Tupamaros, que a todo esto siguen con su lucha armada. Se descubre entonces que la mansión de los Saavedra tiene un túnel subterráneo que conduce a la iglesia vecina, que está a cargo de un sacerdote tercermundista, también involucrado con los guerrilleros.
La película se convierte así en una sumatoria de historias narradas a medias que intenta mostrar, sin éxito, la lucha armada guerrillera (hay tiros, hay escenas con tanques de guerra avanzando por las calles, hay tableteos de ametralladora que retumban en la noche), los discursos de la teología de la liberación, la corrupción de la clase acomodada uruguaya, el amor y el incesto, un niño rico que hace proclamas de izquierda ante un padre burgués, etc., etc. Es demasiado para una sola película. La narración se pierde, se ramifica, y cada una de las historias contadas da la impresión de carecer de intensidad. Cada una de las cinco historias narradas en la película podría haber sido, en sí misma, una película aparte. Esto es especialmente notorio en el caso de la relación incestuosa. Masángeles y su medio hermano se aman en la habitación que conduce al túnel secreto, que conduce al escondite de los guerrilleros, que a su vez conduce a la Iglesia donde el párroco lanza sus proclamas de teología liberada. Las caricias son interrumpidas por llamados telefónicos en clave, por guerrilleros llevando y trayendo armas, por fugas a medianoche. A todo esto, hay un tío de Masángeles, hermano del diputado Saavedra, que abandona a su familia para irse con el mayordomo de la mansión, que es nazi y homosexual.
En un final que no resuelve nada, sino que agrega más indefinición y confusión, Masángeles, con su niño recién nacido en brazos, se sube a un avión con destino a París. Un final desconectado de todo para una película inconsistente y diseminada en cinco o seis historias superpuestas y mal narradas.


Maximiliano Sánchez