Estar parado frente a ese enemigo.
Su estómago es una gran galleta dulce devorada por cientos de hormigas rojas que dan su mordisco a destiempo y sin dirección.
Me acuerdo de sus ojos.
Tenían la imagen de nacer atrapados por una luz que entraba y salía como alguien que mira los postes del teléfono en una ruta desde la ventanilla de un coche en movimiento.
Tenía miedo.
Se reía de la posición de mis brazos una vez que mi mano izquierda empezó a temblar bajo un techo de chapa invadido por los golpes que las ramas de un álamo le apuraban.
Era domingo y no fuimos a la calesita cerca del Auditorio porque mi hermana se murió de un ataque de risa al verme pelear.
Perseo
sábado, 19 de diciembre de 2009
Puto Caro
Hay una mujer en el reverso de una tela mirando dentro del bolsillo de un esquimal en la morgue de los días.
Pienso que falta un llegue de sol a su cabeza en la que solo cuento curvas entre montañas y el espacio resuelto de un accidente que me mató desde lejos.
He salido.
Me han visto feliz de costado.
Un camión ha detenido su marcha frente a mí unos minutos y he sentido vergüenza al descubrir que el chico de la basura me mira con desprecio mientras se toca la pija por encima del pantalón. A propósito le he dejado la ventana de la cocina a medio abrir y las llaves del Fiat 128 amarillo que metálicamente cualquiera puede tomar como algo borroso en la frontera de una mesa, pero se aleja con indiferencia mientras escupe en su huida.
Pienso como la mujer que tiene bordada sus venas de hilo mientras cruzo esta calle transitada y siento frío de acordarme las veces que lo esperé llegar. Recuerdo cuando me saqué la ropa esa mañana y la mano derecha de aquel morocho estrelló mi cara contra el piso.
Hubo una fuga después,
la del brazo de un abrigo estirado todo un domingo atrapado en mi cuerpo dolido o como seis monedas cayendo al piso de abajo sin hacer ruido.
Perseo.
Pienso que falta un llegue de sol a su cabeza en la que solo cuento curvas entre montañas y el espacio resuelto de un accidente que me mató desde lejos.
He salido.
Me han visto feliz de costado.
Un camión ha detenido su marcha frente a mí unos minutos y he sentido vergüenza al descubrir que el chico de la basura me mira con desprecio mientras se toca la pija por encima del pantalón. A propósito le he dejado la ventana de la cocina a medio abrir y las llaves del Fiat 128 amarillo que metálicamente cualquiera puede tomar como algo borroso en la frontera de una mesa, pero se aleja con indiferencia mientras escupe en su huida.
Pienso como la mujer que tiene bordada sus venas de hilo mientras cruzo esta calle transitada y siento frío de acordarme las veces que lo esperé llegar. Recuerdo cuando me saqué la ropa esa mañana y la mano derecha de aquel morocho estrelló mi cara contra el piso.
Hubo una fuga después,
la del brazo de un abrigo estirado todo un domingo atrapado en mi cuerpo dolido o como seis monedas cayendo al piso de abajo sin hacer ruido.
Perseo.
jueves, 17 de diciembre de 2009
¿Cómo perdí mi Palermo? (Para una estética del exilio)
Este texto se publicó hace poco en el número 3 de la revista literaria Te Voy a Atornillar. Se suponía que sería una crítica de la novela The Palermo Manifesto, publicada hace poco más de un año por Esteban Schmidt. Pero terminé escribiendo absolutamente otra cosa.
Pueden leer el texto clickeando sobre el título, o simplemente AQUÍ.
Maximiliano Sánchez
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Maximiliano Sánchez
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