martes, 14 de julio de 2009

Aniceto, de Leonardo Favio


Leonardo Favio, tal vez el más grande director que ha dado el cine argentino, vuelve a la ficción tras largos años en los que alternó los documentales con el silencio. El autor de Crónica de un niño solo (1964) y Soñar, soñar (1976) llega con Aniceto al punto que suelen llegar algunos grandes artistas: el momento de la autorreflexión, el momento en que se toman obras anteriores como materia prima para imprimirles un nuevo giro, poniendo el espejo del tiempo entre el pasado y el presente, realizando así una torsión de la materia sobre sí misma. En su crítica sobre la obra de Wim Wenders, (“Bajo el cielo de Wim Wenders”, nota en Revista Humor, 1987), Marcelo Figueras afirmaba que el director alemán había hecho toda su carrera a partir de una sola idea: el hombre solo. Un solitario es Travis, el caminante incansable de que atraviesa los desiertos texanos en París, Texas; uno solitario es el ángel de Las alas del deseo, que renuncia a la inmortalidad para poder amar a una mujer de carne y hueso. Solitarios son los protagonistas de El estado de las cosas. Pasaron los años y Wenders siguió trabajando y elaborando esa sola idea en sus películas posteriores.
Análogamente, Favio no tiene miedo de aproximarse a ideas ya desarrolladas en películas anteriores. Tal vez, Favio nunca ha salido de su Luján de Cuyo natal. En su entrevista concedida acerca de Soñar, soñar, el director cuenta que eligió a Carlos Monzón para uno de los papeles principales porque le hacía acordar, por la inocencia de su mirada, a su propia adolescencia en Luján de Cuyo. En la entrevista concedida para la presentación de Aniceto, Favio explica que el rancho donde vive Aniceto era la vivienda típica de Luján de Cuyo. El director nunca ha dejado de pintar su aldea. Y esto lo hace universal.
Aniceto es una reversión de Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza, y unas pocas cosas más… (1966). También hay en Aniceto elementos que remiten a Juan Moreira (1973), particularmente en la escena de la muerte de Aniceto, mientras intenta saltar una pared.
Pero, al mismo tiempo que retoma y rearticula elementos ya desarrollados en películas anteriores, Aniceto es totalmente otra cosa. Favio intenta que su película dialogue con otras dos bellas artes: la pintura y la escultura. Ese es el intento, enunciado por el propio director en la entrevista-presentación. Aniceto es un juego de espejos, es la circularidad del arte que se piensa a sí mismo, y que dialoga y se pone en tensión con otras formas de arte. La imagen es como una pintura que se mueve, por momentos, y por momentos hay también un diálogo con la escultura.
La fotografía está concebida como la escenificación de una pintura; como una serie de acuarelas entrelazadas. Aniceto es una joya fílmica, y está elaborada como un trabajo de orfebrería. Siete años trabajó Favio en el proyecto de esta película, como quien talla y pule las distintas caras de un diamante. Acaso la historia narrada en Aniceto sea extremadamente simple: el amor entre el Aniceto y la Francisca, el engaño, la venta del gallo y la muerte. Una historia elemental, cristalina; pero esa simpleza y esa transparencia posibilitan que veamos la película como quien observa un objeto, algo que es bello en sí, y que no necesita remitir a nada que no sea su propia mismidad. Mirar Aniceto es como mirar una joya por dentro. Hay que entregarse a la belleza como quien se deja atrapar en la mirada lenta del orfebre, y entonces admirar la belleza de la luna inmensa y amarilla, del cielo infinito y azul, dejar que las esculturas de los cuerpos bailen siguiendo el metrónomo de la música en que se mimetizan.
La bailarina y actriz Alejandra Baldoni citó, en la presentación de la película, una frase de Favio: “Ustedes están realizando mi sueño”. Aniceto es exactamente eso: es un sueño realizado, un sueño materializado en la luz de la fotografía, en la posición exacta que ocupan los cuerpos de los bailarines-actores en el espacio. Cada plano podría ser, como ya se dijo, una acuarela; cada primer plano, una escultura. Aniceto no es un musical. Se trata de algo mucho más serio. Se trata de un cineasta que está llevando el lenguaje del cine hasta un extremo, hasta el borde. Deleuze afirmaba que los grandes escritores habitan el lenguaje en el que escriben como quien habita una tierra extranjera. Kafka lleva la lengua alemana hasta un extremo, la extranjeriza (tal vez por ser un checo); lo mismo sucede, según Deleuze, con el francés de Proust, con el inglés de Faulkner. La capacidad de poner un lenguaje en tensión, de hacerlo extraño a sí mismo, de llevarlo hasta los bordes, pertenece sólo a algunos. Hay momentos, en algunos discos de Egberto Gismonti, en que tenemos la sensación de que el compositor brasileño está destruyendo la música, que está llevando el lenguaje musical hasta un extremo, hasta que la música deviene otra cosa, se convierte en una suerte de objeto extraño, algo absolutamente nuevo que no se deja entender fácilmente desde las categorías propiamente “musicales”. De la misma forma, Piazzolla destruyó el lenguaje de lo que comúnmente se entendía como “tango”. La película de Favio es, tal vez, un objeto extraño y nuevo, una joya transparente, que por momentos no se deja comprender desde las categorías puramente cinematográficas.


Maximiliano Sánchez

Cobre verde de viejos tejados

En los tejados de cobre verde
oxidado trapo de viento y amanecer,
se levantan las miradas.
Miras al cielo cuello doblado.
Los edificios atrapan las nubes.
El tren de metal hace una perpendicular,
con el tejado de cobre verde.
Y la saliva se atasca
ni adentro ni afuera las nubes mudas.
El tren sin sonido y el tejado
hierve óxido verde,
dentro de cielo descolorido.
En la ciudad de lagarto
disecado las calles saben
a sal y el cielo se
desvanece ante el cobre verde.


(perteneciente al poemario Dislexia geográfica, de Nadian Nájera. Chicago, 2005)

Ausente

No están las paredes
volaron sin techo.
Este quedo en suelo derretido.
No están las redes
volaron con las paredes
En el suelo brea caliente
y lluvia sin dirección.
Llama a mi puerta.
Mira solo queda esto
puertas y suelo,
también volaron las ventanas
Me quedé lejos
Volví pero seguía lejos
Fuera de todo al fin
y tan lejos.
Las horas y las lagunas.


(perteneciente al poemario Dislexia geográfica, de Nadian Najera. Chicago, 2005)

Dislexicando

Las cosas se pierden
Dislexia geográfica que lía
La manta de lo no encontrado
Se esconden de mí
Mala lengua de tres caminos
Direcciones sin mapa
Ni guía ni aquí ni allí
Se pierden en la distancia
Del no lugar.
Acaba ya no tienes exclusividad apatriada
Del pie hinchado y el camino largo.
Si no sabes a donde vas,
ya no importa nada más.


(perteneciente al poemario Dislexia geográfica, de Nadian Najera. Chicago, 2005)

Mística de trapo

A una virgen de yeso
de colores y mil luces
se le abre la boca,
al introducir una moneda
de su cetro como máquina
de las Vegas. Sale un conguito,
de su lengua rosada
de alambre y fieltro.
A la virgen de colores
le han hecho una corona de luces.
Parece una estatua hollivutiense.
La virgen está reluciente
Con flores y mil colores.

(perteneciente al poemario Dislexia geográfica, de Nadian Najera. Chicago, 2005)

Atrapada en el logos embotellado


Palabras distorsionadas
sin nada que exprese
la verdad inhalada de algo visceral.
Quedan laterales al dejar al represor
con la mirada enmudecida.
Se deshacen en lava
semisólida sin fluidez
ni rapidez. Lavada la acara
querían traer una nueva semántica,
de semen estático estratificado,
en el discurso del curso
corrupto sin sentimientos
más, que los de la apoderación
de la subjetividad.
(perteneciente al poemario Dislexia geográfica, de Nadian Najera. Chicago, 2005)